El contundente 5-1 del Tri maquilla serias dudas defensivas a solo siete días del debut mundialista en el Estadio Azteca
La Selección Mexicana cerró su preparación de cara al Mundial 2026 con un marcador de esos que enamoran a la tribuna: un vistoso 5-1 sobre Serbia en la cancha del Nemesio Díez. Goles de Johan Vásquez, Raúl Jiménez —quien alcanzó la histórica cifra de 46 tantos con el Tri—, una joya de Luis Chávez al ángulo y dos insólitos autogoles europeos decoraron una noche de fiesta en Toluca. Sobre el papel, el balance es perfecto; el equipo de Javier Aguirre llega invicto en el año. Sin embargo, detrás del festín de anotaciones se esconde una realidad incómoda que no podemos ignorar.
El partido comenzó desnudando el verdadero dolor de cabeza de este proceso: la fragilidad defensiva. Al minuto 19, un terrible desentendimiento entre Jesús Gallardo y Johan Vásquez dejó completamente solo a Petar Stanić para abrir el marcador en favor de los serbios. Con un rival de mayor jerarquía que esta versión B de Serbia —que regaló el trámite con pifias infantiles en su propia puerta—, revertir un error de ese tamaño en una Copa del Mundo cuesta la eliminación.
Aguirre movió sus piezas, le dio minutos a hombres como Edson Álvarez en el complemento y el arsenal ofensivo terminó por aplastar a un oponente entregado. La pegada de Jiménez y la genialidad de Chávez invitan al optimismo, pero el funcionamiento colectivo en la zona baja sigue dejando dudas frías. Ganar siempre da tranquilidad, pero golear a un equipo con vocación autodestructiva puede ser el peor de los espejismos. La verdadera hora de la verdad llegará en siete días ante Sudáfrica, donde el margen de error ya no existirá.
