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La Tri desperdició sus mejores oportunidades en el primer tiempo, perdió intensidad tras el descanso y volvió a dejar dudas desde el banquillo en la derrota ante Costa de Marfil


La selección ecuatoriana no superó su mayor prueba. Después de 19 partidos sin conocer la derrota, la Tricolor cayó 1-0 ante Costa de Marfil con un gol de Amad Diallo en los minutos finales. Un golpe doloroso para una selección que llegaba llena de ilusión y respaldada por miles de ecuatorianos que hicieron sentir a Filadelfia como una ciudad más del Ecuador.

Porque sí, Ecuador era local. El Philadelphia Stadium se pintó de amarillo, azul y rojo. Cerca de 70 mil almas llegaron con la esperanza intacta, cantaron el himno con el corazón en la garganta y alentaron como si la selección estuviera jugando en el Olímpico Atahualpa o en el Estadio Monumental.

Porque, cuando pensábamos que la Tricolor iba a iniciar con pie derecho este Mundial, volvieron a aparecer problemas que ya se habían visto durante gran parte del proceso: la falta de contundencia ofensiva y la ausencia de una idea clara cuando los partidos exigen respuestas desde el banco.

La Tri fue superior durante gran parte del primer tiempo. Dominó el balón, encontró espacios y generó las ocasiones más claras del encuentro con John Yeboah, quien volvió a demostrar por qué es uno de los futbolistas más desequilibrantes de este equipo. Alan Minda estuvo a centímetros de marcar con un remate que se estrelló en el travesaño, y Enner Valencia tuvo frente al arquero marfileño una de esas oportunidades que suelen definir partidos mundialistas.

Muchos se preguntarán qué pasó en el segundo tiempo, y la respuesta está en los ajustes tácticos. Mientras Ecuador fue perdiendo intensidad, Costa de Marfil entendió mejor el partido. Los Elefantes comenzaron a crecer desde el desequilibrio de Yan Diomande, quien terminó siendo el futbolista más peligroso de la cancha.

El extremo marfileño tuvo una noche extraordinaria. Jugó por ambas bandas, encaró constantemente y durante varios pasajes del encuentro, superó a Piero Hincapié, algo poco habitual en uno de los mejores defensores que tiene Ecuador. Cada vez que tomaba el balón generaba sensación de peligro y obligaba a la defensa ecuatoriana a retroceder.

Mientras el técnico marfileño encontró soluciones desde el banco y refrescó a su equipo, Ecuador volvió a quedarse sin respuestas. El ingreso de Ángelo Preciado fue, quizás, el único cambio que realmente aportó al funcionamiento del equipo, ayudando por la banda derecha y ofreciendo energía en un momento complicado. Pero el resto de las modificaciones dejaron más dudas que certezas.

La entrada de Nilson Angulo nunca terminó de funcionar. Se lo vio desconectado del partido, perdido en varios pasajes del encuentro y, precisamente por ese sector, nació la jugada que terminó definiendo la derrota ecuatoriana.

Y ahí aparece una pregunta inevitable: si Yan Diomande estaba haciendo tanto daño por ese sector, ¿no era el momento de recurrir a Pervis Estupiñán?

El partido pedía velocidad, experiencia y profundidad por la izquierda. Pedía un futbolista capaz de contener al extremo marfileño y, al mismo tiempo, proyectarse en ataque. Pero esa variante nunca llegó.

Tampoco terminó de entenderse la salida de John Yeboah, que junto a Gonzalo Plata era el jugador más desequilibrante de Ecuador. Cada vez que encaraba generaba algo distinto. Sin embargo, fue reemplazado cuando el partido todavía necesitaba valentía para buscar la victoria.

Los cambios terminaron enviando un mensaje demasiado conservador. Ecuador quiso cerrar el encuentro muy temprano. Es cierto que Franco y Minda mostraban señales de desgaste físico, pero las soluciones escogidas terminaron debilitando más al equipo de lo que lo fortalecieron. Kevin Rodríguez ingresó, pero no es un referente de ataque capaz de sostener por sí solo el peso ofensivo de la selección. Con la salida de Yeboah, Ecuador perdió profundidad, velocidad y capacidad para lastimar.

Y mientras Costa de Marfil crecía, la Tricolor parecía conformarse con el empate. Un error que en los Mundiales suele pagarse caro.

Sebastián Beccacece se excusó en la no expulsión de Doué y en decisiones arbitrales que pudieron cambiar el rumbo del partido. Pero reducir la derrota únicamente a esa jugada sería esconder el verdadero problema.

Ecuador perdió cuando dejó de atacar. Perdió cuando renunció al protagonismo. Perdió cuando los cambios no mejoraron al equipo. Y perdió porque, una vez más, aparecieron dudas sobre la lectura táctica del entrenador cuando los partidos toman un rumbo diferente al plan inicial.

Ahora ya no hay espacio para lamentaciones. Curazao es una obligación. No solo se necesita ganar, sino hacerlo con autoridad para recuperar confianza y mantener viva la ilusión de clasificar.

Después llegará Alemania, una selección poderosa, pero que también tiene debilidades. Si Ecuador logra explotar la velocidad de sus extremos y atacar los espacios que suelen dejar los teutones, los puntos son posibles.

Porque, pese al golpe, el sueño sigue vivo. Durante cuatro años, esta generación luchó para llegar hasta aquí. Una derrota duele, pero no puede borrar todo el camino recorrido.

Hoy la ilusión está golpeada. Pero sigue respirando. Y mientras siga respirando, Ecuador tendrá razones para creer.