Golden State ha vuelto a hacer lo que mejor sabe hacer en los últimos veranos: retener a una leyenda propia y venderlo como un movimiento de contendiente
Draymond Green ha firmado un contrato de un año y 27,7 millones de dólares para seguir en la Bahía, un acuerdo prácticamente idéntico al que rechazó semanas atrás cuando decidió esperar a ver si la franquicia lograba convencer a LeBron James. James eligió Philadelphia. Green, sin más opciones sobre la mesa, volvió a firmar por lo mismo que ya tenía.
La operación se presenta como un «voto de confianza» hacia el corazón defensivo de cuatro títulos, y en cierto modo lo es. Pero también es la enésima confirmación de un patrón: los Warriors llevan tiempo gestionando su plantilla más como un homenaje a su propia dinastía que como un proyecto diseñado para competir de verdad por el anillo. Retener a Curry, a Green, ahora también a Al Horford, tiene sentido sentimental y hasta comercial. Lo que resulta más discutible es hacerlo pasar por estrategia competitiva cuando el resto de la plantilla no acompaña.
Porque mientras se aplaude la fidelidad hacia sus viejas glorias, la franquicia sigue intentando tapar los agujeros de fondo con apuestas de altísimo riesgo. Kristaps Porziņģis arrastra un historial médico que ha condicionado media carrera y que obliga a Golden State a cruzar los dedos cada temporada. Jimmy Butler, adquirido hace ya un tiempo como el gran golpe de autoridad, encara su último año de contrato en una situación cada vez más incierta, con un rendimiento que depende de una salud y una motivación que no siempre han sido garantía. Son apuestas que, sobre el papel, iluminan un titular de verano, pero que en la pista tienen tantas papeletas para no cuajar como para hacerlo.
El fallido intento por LeBron James es el ejemplo perfecto de esta dinámica: un movimiento de máximo riesgo, con escaso encaje real, que terminó en nada y que obligó a la organización a volver, sin margen de maniobra, a la opción de siempre. Golden State no es una franquicia en reconstrucción ni tampoco un contendiente sólido; es un equipo que administra su propia leyenda mientras intenta, con parches y nombres sonados, disimular que el proyecto competitivo real terminó hace ya varias temporadas. Los banners cuelgan del Chase Center. La pregunta es cuántos más va a poder ganar este grupo antes de que la nostalgia deje de ser suficiente.
