La Real Sociedad conquista la Copa del Rey en una tanda de penaltis agónica frente a un Atlético de Madrid que dominó el juego sin premio final tras el empate de Julián Álvarez
El fútbol suele ser un escenario de contrastes donde la alegría y el llanto conviven en apenas unos metros de distancia. En esta final de Copa del Rey, el Atlético de Madrid volvió a encontrarse con su destino más humano y descarnado.
Y, aunque la grada rojiblanca empujó con la fuerza de quien se sabe protagonista de una historia de superación constante, el destino guardaba un guion cargado de emoción que pondría a prueba la resistencia anímica de cada jugador sobre el césped.
Un inicio accidentado y la respuesta del orgullo colchonero
El encuentro comenzó con un golpe seco que dejó helada a la expedición madrileña en el primer suspiro. Apenas se cumplía el minuto uno cuando Barrenetxea aprovechó una asistencia de Guedes tras un desajuste defensivo inesperado. Esta desconexión inicial obligó al grupo de Simeone a remar contracorriente desde el pitido inicial del colegiado.
Sin embargo, la reacción no se hizo esperar bajo el liderazgo de Antoine Griezmann en la zona de creación. En el minuto 18, el francés encontró el desmarque de Lookman para devolver las tablas al marcador con una definición precisa. Este tanto restableció la confianza de un equipo que empezó a adueñarse del balón con una posesión superior al 60%.
La batalla táctica se endureció antes del descanso con varias amonestaciones que cortaron el ritmo fluido del juego. Luego, Oyarzabal adelantó de nuevo a la Real Sociedad desde el punto de penalti justo antes de enfilar el túnel de vestuarios. El Atlético se marchaba con la sensación de haber tirado a la basura los primeros 45 minutos de una final copera.
El asedio final y la crueldad de los once metros
La segunda mitad fue un monólogo de intenciones por parte del conjunto madrileño en busca del empate. Simeone movió el banquillo con la entrada de Sørloth, Nico, Baena y Almada para refrescar el frente de ataque. y, de hecho, la insistencia tuvo su recompensa en el minuto 83 gracias a un disparo imponente de Julián Álvarez desde fuera del área.
El gol del argentino desató la locura y llevó el partido a una prórroga de pura resistencia física. Durante el tiempo extra, el propio Julián rozó la gloria con un remate a la escuadra que pudo cambiar el signo de la final. Pero la Real Sociedad, parapetada en su área, resistió las acometidas de un rival que acumuló hasta 19 disparos totales.
Finalmente, la lotería de los penaltis fue, una vez más, esquiva para los intereses del equipo del Metropolitano. Los fallos iniciales de Sørloth y Julián Álvarez pesaron demasiado frente a la efectividad casi plena de los lanzadores donostiarras.
Esa imagen final, con los jugadores rotos en llanto sobre el césped, resume perfectamente la dureza de una derrota que se sintió como un golpe al alma. Aunque el dolor es profundo, esas lágrimas son el reflejo de un compromiso absoluto; y, aunque hoy toque llorar una final perdida, es precisamente esa vulnerabilidad y entrega lo que permitirá al grupo levantarse con más fuerza para las batallas que están por venir.
