Mientras muchos cuestionaban el formato de 48 selecciones, las llamadas «cenicientas» están demostrando que en el fútbol moderno ya no existen rivales pequeños
Muchos criticaron el nuevo formato del Mundial. Que 48 selecciones eran demasiadas, que se perdería competitividad, que los partidos serían desiguales y que las selecciones más débiles llegarían únicamente para completar el cuadro. Pero este Mundial nos está demostrando exactamente lo contrario.
Porque después de apenas dos fechas, los favoritos ya no parecen tan favoritos. Bélgica, Uruguay, Ecuador, Turquía y otras selecciones llamadas a pelear cosas importantes han dejado escapar puntos que nadie tenía previstos. Y mientras los gigantes tropiezan, las llamadas «cenicientas» están escribiendo sus propias historias.
Si analizamos los grupos encontramos ejemplos por todas partes. Catar sorprendió empatando con Suiza. Sudáfrica le arrebató puntos a República Checa. Curazao frenó a Ecuador. República Democrática del Congo consiguió un valioso empate frente a Portugal. Y Cabo Verde, liderada por las espectaculares atajadas de Vozinha, se ha convertido en una de las grandes revelaciones del torneo y pelea seriamente por una clasificación histórica.
Son historias que nos recuerdan por qué amamos este deporte. Porque el fútbol no entiende de presupuestos, tamaño territorial o cantidad de habitantes. Solo entiende de pasión. Y pocos ejemplos representan mejor eso que Cabo Verde, un país formado por diez islas y apenas 530 mil habitantes frente a la costa occidental de África que hoy sueña con avanzar a la siguiente ronda de una Copa del Mundo.
Lo más curioso es que esta selección construyó su proyecto utilizando métodos poco convencionales. Desde redes de ojeadores en países con grandes comunidades caboverdianas como Portugal, Países Bajos y Luxemburgo, hasta herramientas tan poco habituales en el fútbol como LinkedIn para contactar futbolistas elegibles. Una historia que parece sacada de una película, pero que hoy está compitiendo de igual a igual con selecciones mucho más poderosas.
Y estas historias inevitablemente nos trasladan a otros cuentos inolvidables que nos ha regalado el fútbol. La Costa Rica de 2014 que sobrevivió a un grupo integrado por Uruguay, Italia e Inglaterra. La Corea del Sur de 2002 que alcanzó una histórica semifinal; o Arabia Saudita que en los dos últimos Mundiales les quitó puntos a las grandes selecciones del Río de la Plata: Argentina en Catar 2022 y Uruguay en esta edición.
Porque eso es lo maravilloso del fútbol. La posibilidad de que un país pequeño desafíe a un gigante. La oportunidad de que once jugadores cambien la historia de una nación durante noventa minutos. Y la certeza de que, cuando se juega con el corazón, ninguna diferencia parece imposible.
Más allá de los resultados, estas selecciones nos enseñan algo fundamental: defender a tu país hasta el último minuto, pelear cada balón como si fuera el último y competir con el orgullo de representar a millones de personas. Son equipos que quizás no tienen las grandes estrellas, pero sí una convicción que muchas veces termina igualando cualquier diferencia.
Y si bien aún estamos en la segunda fecha, estoy convencido de que estas historias seguirán apareciendo a lo largo del Mundial. Porque esto es lo más lindo del fútbol. Lo que nos enamora de torneos como el Mundial, la Champions League o la Copa Libertadores. La posibilidad de que los menos favoritos desafíen a los gigantes y escriban páginas que quedan para siempre en la memoria de los aficionados.
Mientras el torneo sigue regalándonos estas sorpresas, los ecuatorianos seguimos esperando una alegría. Esperando que Ecuador logre vencer a Alemania, rompa esta mala racha y vuelva a demostrar que aquella selección destinada a cosas grandes todavía existe.
