Del control absoluto a la incertidumbre del cierre. Un repaso por las decisiones bajo presión que demuestran por qué, en el tenis de alto rendimiento, el brazo es solo un ejecutor de lo que dicta la cabeza
En el deporte de alto rendimiento, existe un momento crítico donde el dominio técnico se encuentra con la resistencia psicológica. En la final del Challenger de Buenos Aires, Andrea Collarini no solo enfrentó a Franco Agamenone; enfrentó el peso de un partido que parecía tener bajo control y que, poco a poco, se le escurrió entre las manos por factores que exceden lo estrictamente deportivo.
El espejismo del primer set
Collarini inició con la autoridad que otorga la localía y el conocimiento profundo del terreno. Su juego fue profundo, sus desplazamientos precisos y su capacidad para forzar el error en Agamenone parecía infalible. Sin embargo, ese dominio inicial suele ser un arma de doble filo. Cuando un jugador siente que el camino es despejado, el margen de frustración se reduce drásticamente ante cualquier síntoma de resistencia del rival.

El quiebre psicológico
¿Qué pasó con Andrea a partir del segundo set? La respuesta parece hallarse en la gestión de la expectativa. Mientras Agamenone aceptó la incomodidad y decidió «ensuciar» el partido con paciencia, Collarini comenzó a jugar contra el reloj y contra su propia necesidad de cerrar el encuentro.
El quiebre en el séptimo juego del segundo set fue el detonante. Para Collarini, ese 4-3 en contra no fue solo un game perdido; fue la confirmación de que la narrativa del partido había cambiado. En el tenis, cuando dejas de jugar para ganar y empiezas a jugar para no perder, el brazo se encoge y las decisiones se vuelven conservadoras.
La soledad del favorito
A diferencia de Agamenone, que encontró en la adversidad un refugio táctico, Collarini pareció sufrir la soledad del favorito. Jugar en casa, con el público a favor y un set de ventaja, genera una presión invisible: la obligación de la victoria. Cuando Agamenone dejó de fallar y propuso un intercambio de largo aliento, Andrea perdió la claridad para romper ese muro de consistencia.

Conclusión: Una lección de cara al futuro
Lo sucedido con Andrea Collarini no debe leerse como un fracaso, sino como una radiografía de la fragilidad del control en el tenis profesional. El tenis no perdona las lagunas de intensidad mental. Collarini tuvo el tenis para ser campeón, pero en los momentos de definición, la gestión emocional de su rival fue superior.

Para el argentino, queda el aprendizaje de que las finales no se ganan en el primer set, sino en la capacidad de sostener el plan cuando el rival decide, simplemente, no rendirse.
El paso de Andrea Collarini por el Challenger de Buenos Aires no debe medirse únicamente por el trofeo que no fue. Su nivel de juego durante la semana y la autoridad con la que mandó en el inicio de la final son señales inequívocas de su calidad. Las batallas perdidas en el plano mental suelen ser los cimientos de los triunfos más sólidos del mañana.
Collarini ha demostrado tener madera de campeón y la madurez necesaria para procesar este traspié. No hay duda de que sabrá capitalizar esta experiencia para manejar con mayor templanza las situaciones límite en el futuro. Porque los grandes jugadores no se definen por las veces que el escenario se les escapa, sino por la jerarquía con la que regresan para reclamar lo que les pertenece.
